EDITORIAL

La sociedad del consumo es frecuentemente problematizada cuando el tema es preservación del medio ambiente. Términos como, consumo sostenible, responsabilidad con el medio ambiente, conciencia ecológica entre otros están presentes en las discusiones a nivel global y llaman al conjunto de la sociedad a repensar sus hábitos de consumo con el objetivo de restaurar los patrones de convivencia armónica con los bienes comunes –recursos naturales finitos que sirven de materia prima para la producción de bienes de consumo.

Fue en 1992, en La Conferencia de las Naciones Unidas Sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo –Cumbre de la Tierra–, que se creó el documento Agenda 21. En esta ocasión, se realizó un plan de acción para un desarrollo sostenible que llevase a cabo medidas para garantizar la continuidad de la vida y el futuro de las próximas  generaciones teniendo en cuenta el impacto de las acciones humanas sobre el medio ambiente. Firmaron la declaración y el programa 178 gobiernos –Estados Unidos se abstuvo.

La obsolescencia programada y las formas de producción y consumo

No hay dudas de la necesidad de adoptar una nueva postura con relación al consumo. Sin embargo, hay puntos relevantes que deben estar presentes en la centralidad del debate. En los años 20 del siglo pasado, hubo un cambio importante en las formas de consumo y también de producción de mercancías. Si hasta este momento se adquirían productos de acuerdo con la necesidad, la economía de crecimiento pasa a implementar un cambio de paradigma con el objetivo de garantizar un mayor consumo a través de la venta de productos deseables y no, necesariamente, indispensables.

El caso emblemático de la producción de  lámparas con vida útil reducida para un mayor consumo inaugura el inicio de la era de la obsolescencia programada. La lámpara, creada por Thomas Edison, inicialmente tenía una duración de 1 500 horas. Luego después, las empresas fabricantes de bombillas anunciaron el producto con una vida útil de 2 500 horas. Al notar el alto consumo del producto, un grupo de empresas realizó un acuerdo que imponía una vida útil reducida a las bombillas, las cuales deberían durar apenas 1 000 horas. El acuerdo entre las empresas y las leyes de patente impidieron la producción de lámparas con mayor durabilidad.

Lo que vemos hoy, con la globalización y el avance de las nuevas tecnologías, es un nivel de consumo acelerado sostenido por una campaña de marketing con enfoque en la venta desenfrenada  de productos descartables además de altamente contaminantes. El consumo sin fronteras es una realidad que no puede ser combatida apenas con la consciencia del consumo responsable, es necesario eliminar por completo las posibilidades de mayor crecimiento del libre comercio.

La producción en masa, que empieza con la Revolución Industrial, necesita del consumo para mantenerse. Con una economía  basada en el consumo, el empleo y la manutención del sistema están sometidos a una lógica de crecimiento infinito. Pero, si al mercado le parece fundamental una mayor productividad, fabricar más con el mínimo posible de inversión para sacar más ganancia, hay un punto que no cierra en la lógica del crecimiento infinito que es el límite planetario.

Libre comercio y la irresponsabilidad ambiental

Actualmente, estamos viviendo una profundización de lo que es la búsqueda de ganancia a cualquier costo, se nota de forma nítida el impacto de estas políticas económicas que tratan de números e ignoran las consecuencias de sus actividades contaminantes e ilógicas desde el punto de vista material. Es decir, un crecimiento infinito no puede ser sostenible si este depende de recursos finitos para existir. Además de esto, la liberalización del comercio es un factor clave que impide la implementación de mecanismos que mitiguen o eliminen esta lógica que, a largo plazo, solo puede resultar en una catástrofe ambiental como ya viene ocurriendo.

Mientras las corporaciones buscan mejorar sus formas de negociación a través  comercio entre los países sin llevar a cabo el alerta ambiental, pueblos, sobre todo los que están en regiones donde el avance de la contaminación,  de la deterioración de los bienes comunes y de la calidad de vida son evidentes, denuncian y resisten a los grandes proyectos de desarrollo.

Las protestas antiglobalización como la batalla de Seattle (1999) y  No al Alca (2005) fueron una respuesta importante al modelo de desarrollo vigente y plantearon la necesidad de frenar el sistema y pensar en otras posibilidades de manutención de la vida. En 2017, 12 años después de la movida contra el ALCA, organizaciones de distintos países organizan más una respuesta a la agenda neoliberal. La Confluencia Fuera OMC, movimiento que surge desde Argentina, tiene como objetivo organizar una contra cumbre en el marco de la 11ª  Reunión Ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC) a realizarse en Buenos Aires  entre el 10 y el 13 de diciembre de 2017.

Desde Virginia Bolten nos preguntamos, ¿es posible un consumo sostenible con esta lógica de desarrollo?