EDITORIAL

Toda forma de colonización territorial es llevada por los estados y colonos que utilizan leyes de expropiación. Las tierras fértiles o las consideradas estratégicas son robadas a las comunidades históricas en nombre de la prosperidad y el desarrollo desde una lógica occidental que necesita utilizar métodos de exterminio para consolidar su dominación no sólo territorial sino también cultural e ideológica.

Las opciones brindadas por estos estados modernos a las comunidades son normalización o persecución.La normalización impone que los pueblos originarios olviden su historia, sus construcciones filosóficas y culturales, sus sabidurías ancestrales y sus formas organización política. La persecución se da a través de la violencia asimétrica la que consideramos mas acertadamente llamar genocidio institucionalizado.

La construcción del “otro” es implantando en seno de la sociedad por los medios hegemónicos de comunicación y por las distintas políticas públicas de segregación y estigmatización. El racismo y el no-lugar de escucha, criminalizan e invisibilizan la lucha del Pueblo Mapuche por su existencia y preservación de su identidad.

Mientras tanto, muchas son las formas de organización y resistencia mapuche. La respuesta de la comunidad al largo de los años en su lucha contra la dominación es contundente. Grandes esfuerzos vienen logrando en el rescate del sentido de pertenencia y de la mapuchidad (identidad e etnicismo) que son clave para lograr la existencia del Pueblo Mapuche en el actual contexto social y político.

Sin embargo, la construcción de un sentido común anti-indígena es perceptible cuando hay una profundización de los llamados “conflictos” entre el estado y las comunidades. La respuesta de los gobiernos y del conjunto de la sociedad sobre los asesinatos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel es sintomática. La naturalización del gatillo fácil contra aquellos que luchan por su territorio y por su existencia lleva a creer que hay una forma de comprender a los pueblos indígenas como no-personas. Cuerpos sin alma, como hace más de 500 años afirmaron los colonizadores –representantes de la codicia europea–. El colonialismo nunca he terminado, sólo cambió de forma y sigue intentando eliminar a los que son considerados un enclave al sistema.

Es necesario pensar que estas prácticas no son aisladas, hay un sistemático intento de desaparecimiento de las comunidades originarias. En los territorios denominados, luego de las invasiones europeas, Argentina y Chile, actualmente hay 35 personas presas políticas pertenecientes a la comunidad mapuche. Desde el año 2000, en el territorio denominado Chile–e independientemente del partido o ideología gobernante–las fuerzas represivas del estado asesinaron a 15 personas de la comunidad mapuche durante su proceso de recuperación territorial. No es un conflicto, es la continuación del genocidio.

  1. Jorge Antonio Suárez Marihuan (2002)
  2. Edmundo Alex Lemun Saavedra (2002). (17 años)
  3. Agustina Huenupe Pavian (2002)
  4. Mauricio Huenupe Pavian (2002
  5. Julio Alberto HuentecuraLlancaleo (2004)
  6. Xenón Alfonso Díaz Necul (2005)
  7. José Gerardo Huenante (2005)
  8. Juan LorenzoCollihuinCatril. Agosto (2006
  9. Matías Valentín Catrileo Quezada (2008)
  10. Johnny CariqueoYañez (2008
  11. Jaime Facundo Mendoza Collío (2009
  12. José Marcelo Toro Ñanco, 35 años (2009
  13. Rodrigo MelinaoLican (2013)
  14. José Mauricio Quintriqueo Huaiquimil (2014)
  15. Victor Manuel Mendoza Collío (2014)

Los objetivos que caracterizan la ofensiva contra el Pueblo Mapuche son evidentes. La oposición al extractivismo y a las lógicas suicidas de desarrollo capitalista hace con que el Pueblo Mapuche sea considerado enemigo del sistema. El ataque no es sólo al territorio sagrado mapuche, también al conjunto de ideas que pone el equilibrio con la naturaleza –fuente de materia prima capitalista– como eje central de manutención de la vida.  Frente a esto, nosotras desde Virginia Bolten preguntamos: ¿qué puede ser más disruptivo que apoyar a la resistencia indígena?