Por Maia Garzía 

En la actualidad, la angustia y el resentimiento social de las mayorías populares encuentra resonancia en los discursos de algunos líderes políticos que prometen un mundo plenamente neoliberalizado como respuesta y solución milagrosa a los conflictos que complican la vida cotidiana de la población. En el seno de este fenómeno, emerge una especie novedosa de agentes políticos, estas figuras llamadas outsiders, candidatos que no forman parte del escenario político-institucional tradicional y cuyas conductas y proclamas incendiarias y radicalizadas resuenan con su novedad lapidaria en todos los resquicios del cuerpo social. 

Normalmente, sus trayectorias públicas se han desarrollado al margen de las modalidades tradicionales de legitimación política, aquellas que dirimen las demandas populares de representación mediante los resortes de la democracia institucionalizada. Más aún se muestran, en muchas oportunidades, en posiciones antagónicas y críticas a ésta, acusándola en sus diagnósticos de ser el origen y la causa de los supuestos vicios arraigados en el poder y en las dinámicas sociales y económicas. Proponen como respuesta una batería de medidas extremistas en clave de “renovación”, autoafirmándose como único remedio para resolver los malestares que producen los avatares de la “vieja política”.

Ejemplos de estos representantes de una “nueva política” pueden observarse en el candidato libertario Javier Milei en la Argentina, o el conservador liberal Jair Bolsonaro en Brasil que, aunque no necesariamente pueda ser considerado un “outsider”, comparte características similares. Un rasgo esencial observable en estas dos figuras es que, a pesar de renegar posicionarse en algún polo del espectro de la política moderna, sus propuestas pueden ser interpretadas como de ultraderecha, neoconservadurismo e, inclusive, de poseer tintes neofacistas. 

En ambos se puede observar un virulento discurso tendiente a respaldar una libertad individual irrestricta que sólo puede ser realizada en el marco del libre mercado. Los principios y valores de su actuar se encuentran ligados genéticamente con una ideología neoliberal con improntas que pueden ser más o menos autoritarias, dependiendo del contexto. Ese autoritarismo, sin embargo, se presenta bajo una modalidad reactualizada, que no resulta necesariamente conservadora o reivindicadora de un régimen militar, pero que se revela explícitamente punitivista y promueve el endurecimiento de las leyes penales, a través de estrategias represivas de “mano dura”, de fortalecimiento y modernización de las fuerzas de seguridad, de un alto grado de control social y de la liberalización de la portación civil de armas, entre otros elementos. 

Frente a las fallas estructurales del sistema capitalista, —productor de grupos excedentarios, muchas veces empujados a la supervivencia por los medios a su alcance, y ante la notoria ausencia del Estado— estos “outsiders” promueven un ideario del conflicto social, de la justicia por mano propia, donde la “gente de bien” precisa tener la libertad necesaria para responder a la inseguridad individual y a la violencia material de los “malos”, los delincuentes, promoviendo, generalmente, un sesgo estigmatizante a las clases populares. Este elemento —bolsonarista por excelencia— se encuentra presente también en los discursos de Patricia Bullrich, ex ministra de seguridad del gobierno de Mauricio Macri y actual candidata a presidente en la Argentina.

Es importante destacar que gran parte de los electores de estos candidatos no percibe la carga protofascista que arengan sus discursos, y tampoco la correlación política que existe entre estos. La construcción de un líder rupturista, “antisistema” y antipolítica, sin embargo, esconde —así como también ocurrió en la época de la primera campaña de Bolsonaro a la presidencia— un proyecto de quita de derechos, de regresividad social y concentración de poder económico, orquestando la construcción de una fuerza política vinculada a los sectores empresariales y privados, que no puede ser asimilado por la mayoría del electorado. 

Bolsonaro, al contrario de todo aquello que podría ser considerado rupturista y nacionalista, generó el fortalecimiento de grupos de interés del establishment —dentro y fuera del ámbito político-institucional— que son antagónicos a los intereses y a la soberanía nacionales y de las personas trabajadoras. Fortaleció la reprimarización y la desindustrialización de la economía, lo que implicó, entre otras cuestiones, que durante su gobierno se produjese un aumento de la desigualdad de los ingresos y del deterioro del nivel de vida de la población, sobre todo en los sectores más empobrecidos, generado, en gran medida, por el aumento de la inflación. 

En Argentina se abre un nuevo escenario en este sentido a partir de las últimas PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias). Por un lado, el principal partido de la derecha electoral de la última década —el rebautizado “Juntos por el Cambio”— definió su interna hacia el ala más dura y extremista de su frente, representado por la ya mencionada Patricia Bullrich. Y, por otro lado, y más sorprendente aún, un tercio de los votos fue para “La Libertad Avanza”, la joven fuerza “ultraliberal” y “anarcocapitalista” encabezada por Javier Milei. Este escenario enrarecido todavía más por la peor elección que el peronismo ha dado en toda su historia —quedando en un tercer puesto—, lleva a las presidenciales de octubre no solo a una extrema derecha con amplias posibilidades de ganar, sino a dos. Estos resultados nos muestran cómo estos discursos represivos que se proponen como una medicina para resolver el malestar social han sido canalizados por esta modalidad política “outsider”. 

Milei y Bullrich, al igual que Bolsonaro, son expresiones de una política que aboga por menos Estado, más mercado y una política necesariamente represiva que ve en el neoliberalismo la salida para todos los problemas económicos. Su desprecio por lo social y lo político dentro de un régimen democrático, donde deben estar garantizados los derechos básicos a la subsistencia por parte del Estado, es una tendencia creciente en las sociedades, a pesar de sus consecuencias catastróficas sobre las mayorías sociales.

El escenario marcado por la incertidumbre y la situación económica que pone al pueblo en continuo riesgo social, sumado a la angustia generada por la propia estructura del capitalismo, son utilizados por la política “outsider” para reafirmar su rol mesiánico de portadora de milagrosas soluciones contra la miseria y la ignominia que las fuerzas políticas tradicionales no han sabido solucionar.

En este estado de cosas, muchas cuestiones han de despertar interrogantes: ¿Es verdaderamente la autodenominada renovación política un cambio en las formas y los modos del capitalismo? ¿Qué de todos estos elementos resultan atractivos para un electorado cansado?

Hay algunas preguntas que estimulan la reflexión cuando atañen al bienestar de los pueblos: ¿Cómo es posible que una población amedrentada y mortificada hasta la pobreza y exclusión considere la opción de sus verdugos como única salida posible para su malestar? ¿Cómo una mayor precarización de la vida y envilecimiento de los valores democráticos puede aparecer como salida a lo que es su producto? ¿Cuán estructurales serán los cambios sociales frente a este nuevo paradigma político? Las respuestas no pueden ser simples, sin embargo se hace urgente pensar y construir salidas colectivas que sirvan para politizar el enojo y dialogar  mejor con la realidad.