Por Marcela González Marcos

En el día de ayer,  en lo que ya se ha convertido en la jornada 25A, cientos de personas se concentraron en las inmediaciones de la Embajada de la República Popular China para repudiar  el “Acuerdo Porcino”.

Hace pocas semanas, desde Virginia Bolten, desarrollamos una investigación acerca de los fines de las centrales nucleares y el interés de China en financiar la instalación de una cuarta planta en el territorio denominado Argentina.

Pues no es sólo esta la apuesta que pretende hacer el gigante asiático en el territorio. Como ya es de público conocimiento, existe un borrador del memorándum de entendimiento entre ambos países para la futura instalación de granjas porcinas, que exportarían unas 900.000 toneladas de carne por año a Beijing y también a otros países del sudeste asiático.

Se estima que se instalarían en una primera etapa unas 25 granjas, de 12500 cerdos cada una, para satisfacer la creciente demanda de esta carne en China. Cada granja sería una instalación integrada, desde el procesamiento de granos para alimentación animal hasta la cría de cerdos, matadero y envasado.

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Vale recordar que dicho país sufrió un brote de Peste Porcina Africana (PPA). Este virus, por cierto contagioso, afecta a los cerdos alterando de muchas formas su vitalidad. Para evitar su propagación en ese país, se estima que se habrían sacrificado aproximadamente entre 180 y 250 millones de cerdos (quemándolos o enterrándolos vivos), lo que disminuyó la producción entre un 20% y 50 %.

La firma del acuerdo estaba pautada para fin del año 2020, pero fue demorada hasta septiembre por un agregado de último momento: cuestionamientos de organizaciones sociales y ambientalistas.

Sin embargo, con o sin memorándum, el proyecto ya fue iniciado en la provincia de Chaco, donde el gobernador Jorge Capitanich firmó un acuerdo con la empresa de capitales chino-argentinos Feng Tian Food, a través del cual se buscarán inversiones chinas para instalar 3 plantas productoras de carne de cerdo.

Foto: Violeta Peirats

Argentina es el cuarto país en el que más ha invertido China en América Latina en la última década, luego de Venezuela, Brasil y Ecuador. Y todas estas negociaciones se han dado en el marco de la pandemia y la nítida diplomacia de las vacunas que desplegó el país asiático en el mundo para combatir el Covid.

Por su parte, agrupaciones ambientalistas, defensoras de animales, así como personas investigadoras y científicas, han dado a conocer las consecuencias que generarían estas factorías.

En principio, hablamos de un proyecto que no ha sido consultado a la población, ni del cual se ha brindado información pertinente a la sociedad. Poniendo en duda las formas mediante las que se aprobaría e implementaría, tal como sucedió con la introducción de soja transgénica allá por el año 1996, en combinación con los agrotóxicos necesarios para su crecimiento.

Por otro lado, es importante cuestionar el mito de que estas mega granjas generarían muchos puestos de trabajo, mejorando el déficit laboral y la crisis económica que atraviesa el territorio argentino. Y es mito ya que hablamos de un modelo industrial, con capital intensivo y sus números en puestos de trabajo son exagerados con un motivo elocuente.

Foto: Violeta Peirats

Asimismo, el impacto socioambiental también será contundente. Criar este número importante de cerdos requiere de gran cantidad de agua, por lo que la ubicación de las granjas estará en cercanía a lugares habitados, con todo lo que ello implica: contaminación, olor, y consumo de agua.

A esto debemos agregar que estos animales demandarán más soja transgénica como alimento, lo que implica seguir con el circuito de deforestación y siembra con agrotóxicos -que hoy ocupa un 60% de la tierra cultivable- dando lugar a un aumento de enfermedades, despojo de tierras a la población que las habitan, desbordes de ríos y futuras enfermedades generadas en estas granjas de hacinamiento, que a su vez debido al uso de antibióticos, culminará en una resistencia bacteriana, y serán estas nuevos focos de contaminación y pandemias.

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Por último, dejar en evidencia y poner en reflexión las formas en las que una y otra vez se argumenta salir de las crisis, sin tener en consideración los impactos ecosistémicos a largo plazo. Ejemplos nos sobran. Vaca Muerta y la introducción de Soja transgénica son dos modelos elocuentes, que además de responder a un sistema económico extractivista con intereses de los grandes capitales, han generado un sinfín de cambios e impactos atroces en la población, como son los numerosos sismos que se han registrado en la región de Vaca Muerta, el aumento de la prostitución, la falta de inversión en fuentes de trabajo, desaparición de pequeños productores, así como los impactos ya conocidos del modelo transgénico: contaminación por Glifosato (Bayer-Monsanto) de aguas, ríos y población aledaña, malformaciones, aumento de cáncer y expulsión de poblaciones originarias para avanzar con la frontera agropecuaria.

Seguir respondiendo al modelo capitalista-extractivista y en este caso agroindustrial, no nos sacará de la crisis, muy por el contrario.

Comprender que estas industrias responden a grandes empresas (extranjeras), que poco o nada dejan en el territorio, y van a contramano de una soberanía alimentaria que garantice una inversión en la producción local, en las economías regionales con alimentos sanos, y agroecológicos, es hoy fundamental.

Ni en septiembre ni nunca. Ni chinas ni de ninguna parte.

¡No a las megagranjas!

Foto: Violeta Peirats
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