Intervención militar y golpe de Estado en Venezuela
Editorial
El segundo cuarto de siglo comenzó esta madrugada, 3 de enero de 2026, con un ataque militar estadounidense en territorio venezolano que terminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la primera dama, Cilia Flores, lo que puede entenderse como un golpe de Estado en absoluta violación de la soberanía venezolana.
Esto abre un incierto abanico de posibilidades: por un lado, esta intervención podría interpretarse como una declaración oficial de guerra contra Venezuela por parte de Estados Unidos que, de concretarse, podría desatar una guerra civil e incluso —aunque con menor probabilidad— una guerra regional. Por otro lado, podría tratarse, en cambio, de una operación quirúrgica destinada a remover al gobierno menos alineado de la región al sistema financiero internacional. En cualquiera de los casos, se trata de un gravísimo precedente.
Este hecho debe entenderse en el contexto de la llamada “nueva política de seguridad” estadounidense, firmada por la administración Trump hace pocas semanas, que, entre otras cosas, declara la reactivación del interés geopolítico de Estados Unidos hacia América Latina, su viejo “patio trasero”, como en los tiempos de la Guerra Fría, siendo China esta vez el enemigo expiatorio. En un escenario de disputa por la hegemonía mundial, los recursos estratégicos no pueden ser ignorados: Venezuela, poseedora de la mayor reserva de petróleo del mundo, es la gallina de los huevos de oro negro de la región.
Según las palabras del propio Trump, EE. UU. gobernará de facto Venezuela “hasta poder hacer una transición segura, apropiada y sensata”, y con total sinceridad afirmó que serán las empresas petroleras estadounidenses las que se encargarán de “recomponer la infraestructura”.
Las botas en la región
De lograrse este objetivo, Venezuela se establecería como la punta de lanza contra los gobiernos de izquierda de la región, especialmente Colombia, México y Brasil, tras los triunfos electorales de Milei en Argentina y Kast en Chile, que —junto con Bolivia— configuran el triángulo del litio. Una avanzada ultraderechista regional que, probablemente, tenga como nueva estrella a la no casualmente galardonada con el Premio Nobel de la Paz, Corina Machado, quien prácticamente se proclamó a cargo del país convocando a los venezolanos del mundo, aunque Trump cuestiona su liderazgo.
Está a la vista un protofascismo ahora embanderado en las palabras “libertad” y “democracia”, con Trump a la cabeza, que no es otra cosa que un intento de alineamiento total de la región con Estados Unidos, poniendo a su disposición todos nuestros recursos, necesarios para una cruzada de reindustrialización y guerra comercial contra China bajo el lema Make America Great Again. A la vez, Trump resignifica una de sus banderas, “America First”, que tenía por objetivo eliminar la presencia intervencionista de Estados Unidos en conflictos internacionales.
Narrativamente, esta agresión contra la soberanía venezolana es posible gracias a la lógica del enemigo “tirano”, habilitada, por un lado, por los medios de comunicación internacionales que llevan décadas demonizando al “régimen bolivariano” —convertido en los últimos meses en “gobierno narco” durante la administración Trump— y, por otro lado, por el propio Nicolás Maduro, al no poder demostrar transparencia en las últimas elecciones presidenciales. Esto no se trata de una exigencia de transparencia frente a los imperios, sino frente a su propio pueblo, dentro y fuera de Venezuela.
Si se tiene en cuenta que Donald Trump considera aliados estratégicos a los gobiernos de Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudita —que no son ningún ejemplo de democracia ejemplar—, cae por tierra el argumento de que su lucha es contra el autoritarismo de Maduro. En realidad, su objetivo es la implementación de la llamada “nueva realeza”, es decir, un nuevo ordenamiento de las relaciones internacionales que tiene como condición de posibilidad la usurpación de recursos, en el marco del control del sistema energético global.
En definitiva, es manifiesto que la lucha es por los recursos necesarios para desarrollar la nueva carrera tecnológica que signa el siglo XXI; la “ideología” se determina por el alineamiento con estas causas, y las buenas o malas formas democráticas también. Las garras del Águila del Norte han vuelto a posarse sobre nuestra región y traen consigo los vientos de una sangrienta “libertad”.